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miércoles, 7 de julio de 2010

La habitación 222.





Inicio una segunda novela policiaca, "Albas sábanas teñidas carmesí-Enigma en el Hospital General".

La enfermera-jefe, iba realizando su inspección rutinaria por los diversos pasillos del Hospital General. Había recorrido ya la planta primera y ahora iniciaba la visita a las habitaciones de la planta segunda; ya sólo quedaría, después, la tercera planta, pues las dos restantes las inspeccionarían unas colaboradoras suyas.

-Bueno-pensó- voy a entrar a la habitación 222. Allí estará,como siempre, medio adormecido, el señor Martínez. Estará muy débil, pues padece del corazón. Le daré sus pastillas con un vaso de leche y que descanse hasta mañana.

Dirigiéndose a su ayudante, la señorita González, una joven enfermera que acababa de terminar la carrera y que aún no dominaba la práctica del oficio, dijo:

-Señorita González, prepare las pastillas para el señor Martínez. Mañana, a las 8h de la mañana, le servirá el desayuno acostumbrado y volverá a tomar otra dosis de esas pastillas, que parece le van sentando bastante bien.

Entraron en la habitación. El paciente, en la penumbra, se veía como adormecido, con el brazo izquierdo colgando de la cama y una expresión algo angustiada.

-Señor Martínez, despierte- dijo la enfermera-jefe. Voy a darle sus pastillas para el corazón...¡Señor Martínez...!

Dio un salto hacia atrás, asustada, y lo mismo hizo su ayudante. La visión no era muy agradable. La sábana que cubría el cuerpo estaba ensangrentada; había perdido mucha sangre. Le tomó el pulso. El paciente estaba muerto, realmente muerto. No veía ningún objeto punzante en el tórax, pero era evidente que le habían clavado un cuchillo de grandes dimensiones, o un objeto similar, pues la sangre brotaba abundantemente. Parece que no hacía mucho tiempo que le habían clavado ese objeto, pues el cuerpo estaba aún algo caliente.

-Señorita González, avise inmediatamente al doctor-jefe, director del Hospital. Que, por favor, se presente de inmediato. Ha habido un asesinato en la habitación 222.

-Así lo haré,señora Bruno.

La ayudante bajó como alma que lleva el diablo y al poco tiepo se presentó el director del hospital con algunos miembros de su equipo.

-Llamaré enseguido a sus familiares, así como a la policiía. No toquen absolutamente nada. Puede haber pruebas aclaratorias y será la policía la que decida lo que hacemos a continuación.

Llegaron los familiares más directos: la mujer del señor Martínez, sus dos hijos mayores, un chico y una chica, que tenían alrededor de dieciocho años,y los abuelos maternos.Pocos minutos después se presentó la policía. Una pareja de agentes, capitaneados por nuestro conocido, inspector Ramírez, empezaron a examinar la habitación.

También vino Jorge, amigo de la familia, acompañado de su novia Laura.

-Avisaré al detective Silva- pensó Jorge-, pues se trata sin duda de un asesinato.

Así lo hizo. Esa noche, la policía, junto al detective Silva, examinó con todo detalle la habitación. La policía judicial hizo fotografías de la escena del crimen y en bolsas de plástico, cuidadosamente, iban introdciendo pruebas que consideraban de interés para el esclarecimiento del crimen.

Jorge pensó que pondría los hechos también en conocimiento del doctor Requejo, que trabajaba en el Hospital General. Requejo era un gran aficionado a la acción detectivesca y le podría ser de gran ayuda, máxime cuanto que al trabajar en el centro, podría observar detalles que otra persona ajena al mundo hospitalario no detectaría.

-En fin- se dijo a si mismo Silva-. Estamos ante un nuevo caso, que se presenta apasionante. De momento, no tengo ninguna prueba, pero empezaré a trabajar de inmediato atando cabos, recabando información y con los valiosos colaboradores de los que me rodearé, a buen seguro que dentro de unos días tendré elementos más que suficientes para avaanzar unos pasos con mirtas al esclarecimiento de los hechos.

También pediría la colaboración del matrimionio Cano y de su hijo Robertto,el ultramaratoniano. La colaboració en el caso del misterio del maratón, fue decisiva y ahora hay una nueva oportunidad para requerir sus valiosísimos servicios.

Cabizbajo, concentrado, con su gasto característico de atusarse los cabellos y de frotarse la barbilla, Silva se dirigió a su domicilio. Por esa noche ya estaba bien.

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